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10 años del Arcón PDF Imprimir E-mail
jueves, 07 de mayo de 2009



Apenas había cumplido los doce años cuando mi padre me dijo: “Esto es un asunto familiar, así que hay que a arrimar el hombro...”. Me endosó una ‘alcachofa’ y me pidió que mirara a cámara y diera mi opinión sobre las hamburguesas. Se pueden imaginar que a mí no sólo me gustaban, ¡me volvían loco!, los McDonald’s. Pero al presentador del programa no le hacían ni pizca de gracia. Y ahí estaba yo, más tieso que una vela, sonriendo muy digno pero por dentro nervioso y acobardado; todos me miraban y entendían que, por ser hijo de quien era, lo llevaba en al sangre... ¡Y de eso nada! Había que echarle ‘un par’ para seguir aquella genial locura de los primeros programas de la televisión local.

Argimiro Pérez

Eso sí, lo hice lo mejor que pude, el caso era no defraudar a aquella tropa de profesionales (los mayores) del equipo de El Arcón. Por cierto, todos decían que Argimiro, o sea yo, era el de los papeles infantiles. Nunca supe qué papeles eran esos porque hice de todo: de romano durante cuatro días, a 40 grados, por la calzada de la Vía de la Plata, desde Mérida a Astorga; llevé a toda mi clase al plató y me tocó preguntar a mis compañeros sobre la alimentación; hice preguntas a arqueólogos, entrevistas en Sanabria, dormí en cabañas de madera a ‘bajo cero’ en los Picos de Europa... Una vez, en la Sierra de Francia, me inventé un esguince para que me llevaran en coche. Lo peor fue en las jornadas de El Yugo de Castilla, en Boecillo, donde hablé en público ante 400 invitados, y sin papeles...
Así se fraguó El Arcón. Cada semana de mi vida, ahí estaba el de las barbas, acompañado muchas veces de mi madre, tirando de un carro del que nunca entendí a qué venía tanto esfuerzo, emoción, penurias, kilómetros, bocadillos y cansancios. Ahora sí lo entiendo, y lo entendemos todos: espectadores, instituciones y todos los que hemos formado parte del equipo. En los primeros tiempos se grababa en el plató. Aunque se emitía en diferido, se elaboraba en el más riguroso directo porque llegaban los informativos y había que ‘ahuecar el ala’. En aquel pequeño plató cabía todo: un caballo, pichones volando, gallos de corral, perros truferos, 30 bodegueros, 15 cocineros, tres sumilleres, un paisano de Ancares, otro de La Pernía... Un día vinieron al plató desde el Mesón Cándido de Segovia y se trajeron mesas, cuadros, dulzaineros, cochinillos, camareros... Era el camarote de los hermanos Marx. Lo milagroso era el público: 20 y 30 personas que cambiaban cada semana. Nacía la televisión local y nosotros con ella.

Precisamente cuando se cumplen más de 500 programas (todas las semanas se emitía, incluido el verano, cuando se repetían) y han pasado diez años, en la redacción de la revista ARGI, que es como otro plató, pero más grande, sin cables, ni cámaras, pero con la misma locura, decidimos que había llegado el momento de pasar lista, de repasar lo que habíamos hecho en la televisión local. Era de justicia, ante las nuevas directrices y la fusión de las dos grandes cadenas, que El Arcón tuviese un descanso, un pequeño intervalo para contar despacio su pequeña historia, que también lo ha sido de muchos espectadores, que empezaron a formar parte de una familia numerosa que se entretenía cada semana con las historias de El Arcón. Incluso los programas comerciales que, por contrato, le obligaban a grabar a Javier eran didácticos y no se bajaba la guardia en la pasión.

Un programa armado a la medida de la personalidad de su creador. Pocos saben que nunca en diez años ha actuado con guión. Improvisa sobre la marcha pero también sobre un caudal de conocimiento del personaje, el escenario y el contenido. Como curiosidad, Javier se inventó el nombre del programa en la primera grabación porque tenía en sus manos un pequeño arcón que hoy es una pieza del museo familiar. Diez años después, aquel niño de las hamburguesas forma parte de la redacción de esta revista, en la que no hemos dudado a la hora de paginar con generosidad la crónica apasionada de un señor con barbas que logró hacer región mirando a cámara sin que ninguno de nosotros se diera cuenta hasta hoy. Por eso pedimos testimonios y opiniones a personas amigas, implicadas en distintos campos, representantes de esa sociedad que ve la ‘tele’ y como homenaje a tantos anónimos espectadores que coinciden con ellos. Soy consciente, como periodista y como miembro de la familia del programa, de que nosotros no debemos ser noticia, pero Javier y El Arcón merecían este reconocimiento.


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10 años del Arcón
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