| La mayor ojeada de Miguel Delibes |
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| jueves, 03 de junio de 2010 | |
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La sociedad rural, tan implicada en su obra, convirtió a sus pobladores en testigos y cómplices de un hecho insólito: la gestación de un nudo inseparable entre la geografía y la literatura. En la madrugada del 12 de marzo de 2010, fallecía Miguel Delibes. Valladolid, su ciudad, le despidió consternada. Al dolor de los suyos se unieron miles de personas en una impresionante y multitudinaria manifestación de cariño. La última página del libro de su vida la leyeron en silencio sus lectores, amigos y sus colegas escritores y periodistas. Desde la más humilde asociación cultural a la máxima representación del Estado español mostraron su condolencia en actos oficiales. La sociedad civil se pronunció como en pocas ocasiones lo ha hecho en la historia reciente de España, en espontáneas reacciones en cadena. Miguel Delibes y su obra son un ejemplo que se analiza y estudia en la literatura contemporánea. El escritor nos ha abandonado, pero permanece en el recuerdo de sus paisanos. También ha entrado con sobrados méritos en el universo de los grandes escritores, un paraíso literario donde se quedará para siempre. Su mensaje y su obra trascienden al hecho de la muerte. Los personajes de sus novelas se agigantan de tal forma que se ha convertido en dardos que apuntan al corazón de la cultura rural, a quien sirvió como nadie utilizando el castellano, en su pureza más primigenia, como herramienta de un relato que es toda una advertencia sobre el cuidado de la naturaleza, el castellano y el medio rural.
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